De Homunculus Veritas (1)

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— Entra en el laboratorio de una puñetera vez, Rogers — le espeté tras cavilar un rato acerca de lo que me acababa de anunciar —. Ten la bondad de decirle a nuestro invitado que nos reuniremos con él en breves instantes, y avisa a mi mayordomo para que le sirva un poco de té. Tú tráeme un brandy.

Solté el botón del intercomunicador sin esperar a que me contestara y observé durante un desquiciado instante la huella de tierra que había quedado impresa en su superfície. Luego me volví y segú alimentando a las mandrágoras con sangre.

Rogers entró con cierto disimulo y bastante nerviosismo, empujando con la cadera la segunda puerta del invernadero. Llevaba en las manos mi copa de brandy y un botellín de la cerveza más cara que habría en mi despensa. Le miré de soslayo mientras acababa de vaciar el último vial sobre la dichosa planta. Luego me volví, me quité los guantes y agarré de una revolada la bebida que me tendía.

— Me vas a arruinar la plantación — le espeté tras vaciar el vaso de un trago. Rogers me devolvió una mirada atónita —. ¿Se puede saber qué te ocurre?

— Na… nada — balbuceó —. ¿Por qué les echa sangre a las raíces de gengibre?

— No es gengibre, idiota — ladré, intentando que la risa no se me escapara por la comisura de los labios —. Son mandrágoras. Recogidas por un perro negro antes del amanecer de un viernes bajo la tierra donde se ha derramado el semen de un ahorcado en el momento de morir, como manda la tradición — le solté a la carrera, antes de robarle la cerveza de la mano y pegarle un trago.

— ¡Qué asco! — musitó, arrastrando cada letra, aún sin percatarse de la pérdida de su bebida —. ¿Para qué quiere esa guarrada?

— No es una guarrada, Rogers, es una planta. Una raiz que puede crear Homúnculos, si logro hacerme con… En fin, dejémoslo estar. ¿Se puede saber por qué infiernos de mil demonios has traído un policía a mi casa? ¿Es que sientes curiosidad por saber cuánto te puedes balancear antes de que se te rompa el cuello, o solo quieres darme un infarto?

Pero Rogers no estaba por la labor. Su mano seguía en el aire, envolviendo una cerveza imaginaria que yo acababa de apurar, con la boca abierta como un buzón de barrio residencial.

— ¿Para qué quiere fabricar Homúnculos?

Entre el millón de ideas que me pasaron por la mente en aquel momento, solo la certeza de que tenía que aclarar las cosas con Rogers antes de continuar con nuestro negocio pareció cobrar sentido. Deshice el moño despeinado que peligraba sobre mi cabeza y lo recompuse lo mejor que supe. Luego hice que él se sentara en uno de los taburetes altos de la zona de descanso del invernadero y me quité el delantal, comprobando que no me había manchado la ropa.

— Te he engañado — le dije en un premeditado tono maternal —. Te dije que no me dedico a los humanos, pero no siempre ha sido así. Tampoco siempre he dispensado cuerpos para el estudio —. Dejé que asimilara mis palabras antes de continuar —. Hubo un tiempo, cuando terminé mis estudios, en el que creía que la creación de Homúnculos se había diseñado para ayudar a la humanidad a avanzar; creía que los científicos hacían exactamente lo que deseaban cuantos entregaban sus restos a la ciencia para su conversión tras la muerte: investigar la manera de curar, de alargar la vida, de mejorar. Pero pronto descubrí que no era así.

— Los Homúnculos son sirvientes — susurró Rogers al empezar a comprenderme —. Se venden al mejor postor, a quien puede pagarlos, para que los use como le plaza. Hasta que su ciclo termina.

— Pero eso tampoco es cierto — intervine tras sentarme a su lado —. El ciclo vital de un Homúnculo no termina: no están vivos, de manera que no degeneran. Las partes biomecánicas se encargan de ello. También se encargan de alertar a su propietario cuando el cambio de voluntad va a producirse. Por eso les eliminan.

A veces, cuando su mente procesa las palabras, la mirada de Rogers no parece humana. Hay algo en él que juraría que pertenece a otro mundo; a otra clase de ser. Aquel día, durante el silencio que se extendió tras pronunciar aquellas palabras, su mirada se me clavó como un arpón envenenado e hizo algo que nadie había conseguido hacer en toda mi vida: me enmudeció.

— Los Homúculos se vuelven contra sus amos — concluyó sin apartar sus ojos de mí.

Asentí.

Rogers volvió la cabeza hacia el otro lado del invernadero, donde descansaban mis pequeñas mandrágoras en proceso de crecimiento. No hablamos durante unos segundos. Ambos sabíamos que el policía seguía esperando en el salón, pero no creo que a ninguno le importara un higo, en aquel preciso instante. Al menos a mí, no me importaba.

— ¿Para qué quiere crear Homúnculos? — repitió Rogers sin volverse.

— Necesito entenderlos — confesé —. Necesito comprender el proceso entero, caja Narbondo incluida, para impedir que nadie vuelva a crearlos jamás.

No sé cómo pero, de repente, Rogers ya no miraba a las plantas ni a ningún otro sitio del invernadero, sino a mí; sus ojos ocupaban todo mi campo visual.

— ¿Pretende sabotear el sistema? — Susurró exaltado, al tiempo que con ambas manos me cogía por los hombros como si hubiera perdido la cabeza. El contacto me hizo estremecer, pero él prefirió no darse cuenta —. ¿Pretende tirar al váter aquello en lo que se basan la economía y el modo de vida de todas las sociedades avanzadas de este mundo?

— Los Homúnculos son peligrosos — mascullé como defensa —. Matarlos no es la solución. Cada vez que entregamos uno de ellos a los científicos, corroboran que, de alguna manera que ignoran, la caja Narbondo les imprime una especie de memoria genética que les hace recordar lo que les ha sucedido a sus antecesores. Cada vez se revelan antes, cada vez son más esquivos y más listos… Pronto empezarán a prevaricar, Rogers, y, cuando eso ocurra, quizás no estemos a tiempo de pararlos — respiré hondo. Sabía que mi socio era un hombre inteligente, pero no estaba seguro de que fuera a entender mi razonamiento —. Yo solo pretendo salvarnos; no soy ninguna terrorista.

— Sí que lo es — susurró. Una sonrisa se instaló en sus labios y su rostro se acercó al mío como el de nadie lo había hecho en mucho tiempo —. Es exactamente la terrorista que puede salvarnos. La besaría, si me atreviera.

Creo que esa vez sí notó el escalofrío que me recorrió el cuerpo, porque me soltó y se apartó un poco para dejar que devolviera mis mejillas a su palidez habitual.

— Quizá haya pecado de inocente trayendo aquí al inspector Sans — se excusó —. Lo cierto es que me vino a buscar para que le ayudásemos con un asesinato. No sé cómo se enteró de que nos habíamos asociado y no sé qué es lo que conoce de usted, pero creo que podría servirnos de ayuda…

Me tragé la vergüenza para escrutar su rostro juvenil y desvergonzado. Si el policía le había venido a buscar, es que sabía qué negocios se traía entre manos; al menos, cuáles eran antes de que nos asociáramos. Si me conocía a mí, no podía ser por mis negocios: de ello me había asegurado a conciencia. Entonces, pensé mientras miraba a mi socio de cabo a rabo con mi natural desconfianza, la relación tenía que ser otra.

— ¿A quién han matado? — pregunté, al fin.

Rogers dejó escapar un suspiro y se miró las manos antes de enfrentarme.

— A su director de tesis, el Doctor Tadeo Amaia — me soltó a bocajarro y, antes de que tuviera tiempo de asimilarlo, añadió: — Su laboratorio estaba destrozado, había una cámara llena de cuerpos humanos… y en la caja fuerte, abierta, faltaba algo del tamaño de una caja de música.

Por alguna razón, en aquel momento, pude ver en sus ojos reflejada la mirada de mi rostro. Y me heló la sangre.

[CONTINUARÁ]

La naturaleza de los “problemas” (2)

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Llevaba pensando en aquella mierda toda la noche. Habíamos vaciado al infeliz en un tiempo récord, lo habíamos cargado en mi funda de guitarra para transportarlo y se lo habíamos endosado a uno de nuestros clientes habituales.  Eran las tres y los bares cerraban, pero no estaba de humor para irme a una discoteca y sabía que no me iba a dormir ni de coña. Mrs Watson llevaba el casco puesto y caminaba hacia su dichosa moto con sidecar; sin embargo, algo me decía que si le lanzaba la pregunta, no me iba a dejar con la palabra en la boca.

— Usted dijo que eran nuestros congéneres — le espeté sin más preámbulos. Mrs Watson se detuvo, se volvió como de una sola pieza y me miró con cara de carnicera irritada —. También dijo que son engendros biomecánicos sin alma… — balbuceé sin convencimiento.

Pellizcó lentamente el cierre del casco y se lo quitó. Su mirada me apuntaba como la mirilla de un rifle, pero algo en su tímida sonrisa ladeada me daba a entender que le complacía mi curiosidad. Se acercó poco a poco, quitándose los guantes de piel mientras caminaba, y se detuvo a unos pocos pasos de mí.

— La creación de un Homúnculo es algo extremadamente complejo, y hasta cierto punto desconocido — me explicó, de la misma manera que un profesor de ciencias explicaría el paso del estado líquido al sólido —. Lo único que forma parte del conocimiento general es que intervienen ciertos componentes mecánicos, cuerpos humanos y un artilugio que hace posible su combinación y vivificación.

— Espere, espere, espere, espere — oir mi propia voz me ayudaba a asimilar aquel desorbitante montón de información que acababa de soltar en apenas dos frases. ¿Cuerpos humanos?¿Qué clase de componentes mecánicos? Y sobre todo, ¿qué artilugio de los demonios podía devolver la vida a un muerto?

— Mira Rogers — susurró con cierto matiz compasivo en la voz. Creí que me pondría una mano en el hombro o haría cualquier caso de gesto reconfortante, pero Mrs Watson no es una persona especialmente afectiva. De manera que se quedó allí parada, mirándome a los ojos sin pestañear —. Lo único que te interesa saber es que para crear a uno de esos seres hace falta revivir un cuerpo humano, al que se añaden partes mecánicas para aumentar su efectividad como sirviente. Una vez se… agota su ciclo vital, por cualquier razón, hay que disponer de esos cuerpos. Y eso es exactamente a lo que nos dedicamos.

Asentí, aunque poco convencido. Los interrogantes todavía me perseguían el pensamiento como perros de presa. Mrs Watson lo notó, porque se quedó quieta donde estaba, sin volverse siquiera hacia la moto para indicar que se le estaba haciendo tarde, o pesado.

— Dispara — musitó a la vez que cambiaba el peso de uno de sus gruesos tacones al otro.

— ¿Está segura de que no tienen alma? — vacilé tímidamente.

— Lo estoy —. Ella no titubeó.

— ¿Para qué los quieren, los clientes a quienes se los sumministramos?

— Ni lo sé, ni me importa, Rogers. Ellos ya no pueden sentir, pero yo todavía necesito comer —. Su voz era fría, mecánica, inhumana, pero sabía que tenía razón.

— ¿Qué es lo que permite crearlos?

Un suspiro escapó de los labios ya despintados de mi socia. Pestañeó con lentitud cansada, como planteándose si revelarme aquello o mentirme al respecto, supongo. Cuando volvió a mirarme, no obstante, supe que lo que iba a contarme sería la verdad.

— Lo llaman La caja Narbondo — pronunció paladeando las palabras que susurraba —. Nadie sabe lo que es, qué aspecto tiene o cómo funciona. Lo único que sabemos es que el escritor James Blaylock tenía una, que la usó durante un tiempo en los primeros experimentos para crear Homúnculos, y que en sus libros está la clave para descifrar el proceso, aunque muy pocos han sido capaces de desentrañarla.

—¿La conoce usted? — me ateví a preguntar y, al hacerlo, noté como un escalofrío me recorría todo el espinazo.

Mrs Watson sonrió de lado mientras volvía a calzarse el casco y los guantes, se daba la vuelta y echaba a andar hacia su vehículo, moviéndo brevemente la mano en señal de despedida. Como había sospechado ya al terminar el trabajo, aquella noche no fui capaz de dormir.

[CAPÍTULO 4: PRÓXIMAMENTE]

La naturaleza de los “problemas” (1)

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Le tendí la tarjeta antes de que abriese la boca. Habíamos estado hablando de mi sistema de trabajo; creo que le molestaba que no usara su nombre al contactar con mis clientes. A mí, sinceramente, me hubiese dado igual, pero salió una oferta en un blog de tarjetas de visita y pensé que era mejor tenerle contento por ahora. La cogió con el índice y el corazón, en un gesto muy típico de él, y leyó en voz alta las letras impresas en relieve bronceado sobre fondo color hueso:

Rogers & Mrs Watson

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— Has puesto mi nombre primero — musitó, sorprendido, como si no recordara que había sido idea suya. Me devolvió la tarjeta con el mismo gesto.

— Te la puedes quedar — dije sin darle más explicaciones a lo de los nombres. Confiaba en que, tarde o temprano, se iba a acordar —. Tengo cuatrocientas noventa y nueve más.

Asintió con la cabeza con una media sonrisa confundida, mientras yo apuraba el té de la taza y levantaba la mano para llamar al camarero de nuevo. Hacía más de dos semanas que no nos veíamos: se acercaba la Navidad y, en esas fechas, solía bajar mucho el volúmen de negocio, aunque a partir del día 24 subiera tanto que apenas daríamos abasto. Al menos eso esperaba; en esos tiempos de crisis no había nada seguro…

— Me gustaría preguntarle una cosa, Mrs Watson — me soltó de repente, a voz de susurro —. Es… personal.

Asentí con la cabeza tras pedirle al camarero otro té de cylan con canela. Me pareció que Rogers hacía acopio de fuerzas para soltar lo que fuera que le rondaba por la cabeza, mientras yo removía mi brebaje con la cucharita.

— ¿Cómo se metió usted en esto?

Dejé de remover el té y le miré como si acabara de preguntarme por qué es azul el cielo. Saqué la cucharilla de la taza y la envolví con las manos para notar el calor que desprendía.

— Me pareció la evolución natural, tras finalizar mis estudios — dije, esperando darme por explicada.

—¿Q… qué estudios? — preguntó.

Temía la pregunta. Sabía que Rogers era un tío con pocos escrúpulos, pero tenía la absoluta certeza de que había cierta faceta del negocio que nos traíamos entre manos que desconocía por completo y, lo que era peor, no sabía cómo se la iba a tomar.

— Medicina forense biomecánica y animal — le solté, antes de llevarme la taza a los labios y beberme su contenido de un solo trago.

— Biomecá… — empezó a decir, como si paladeara algo de sabor agradable y textura inquietante.

Por suerte, el aparato buscapersonas sonó en aquel instante, dándonos una dirección a la que acudir en busca de nuestra nueva mercancía. Pagué las consumiciones, me puse la chaqueta larga y el casco de la moto y le tendí a Rogers el del sidecar. Él lo miró con desagrado y resignación a la vez, pero se lo puso de todos modos. Me siguió hasta nuestro vehículo sin pronunciar palabra; no obstante, podía oír sus interrogantes golpearme el umbral de la consciencia.

Llegamos a la mansión pasadas las cuatro de la tarde. El encargado del servicio nos abrió la puerta trasera y nos hizo pasar hasta las cocinas, en la planta inferior, donde nos mostró el problema del que debíamos hacernos cargo. Me agaché hasta su altura y comprobé el estado del cuerpo: sin perforaciones ni daños severos: una muerte “natural”, podría decirse. Apoyé el maletín en el suelo y empezé a sacar el aparato de extracciones.

— Necesitaré un desagüe para los deshechos — apunté al mayordomo, que me mostró con un gesto la parte de la cocina que podía usar para aquel fin —. ¿A qué hora necesita que terminemos?

— Disponen ustedes de dos horas como máximo — respondió con un tono inglés que arrastraba un deje de pedantería muy impropio de un buen empleado. Decidí ignorarlo y señalé a Rogers las partes del cuerpo sobre las que necesitaba realizar las punciones.

Mientras la máquina vaciaba el cuerpo de fluidos inconvenientes, Rogers apoyó su larga espalda contra la piedra de la chimenea y me miró como a un experimento de feria, con una expresión entre el interés y el terror.

— ¿Cómo una forense acaba de traficante de cuerpos y no de policía? ¿Es que su difunto marido le pasó el negocio?

Su tono era tan curioso, tan infantil, tan preocupado que consiguió remover aquella roca fría que bombeaba la sangre por mis entrañas.

— Nunca tuve un marido — me sinceré para su sorpresa —. Pensé que sería bueno escudarse tras un hombre para ganarme la confianza de los clientes al empezar el negocio, aunque fuera de mentira. Ya sabe cuán estrechas son las mentes de este ancho país. En cuanto a lo de la policía — mascullé mientras comprobaba la presión de la bomba — te diré que nunca se me ocurrió ni pensarlo siquiera. Además, nadie investiga jamás la muerte de uno de estos pobres diablos.

— ¿Qué quiere decir? — exclamó Rogers fijando de repente la mirada en nuestro problema.

Volvió a agacharse hasta la altura del cuerpo y lo inspeccionó con suma cautela, hasta que halló la marca que lo distinguía de nosotros.

— Sabía que era peligroso, Rogers — le dije a modo de cumplido —, pero no creí que traficase con cuerpos humanos.

— ¿Quiere decir que ninguno de los que hemos… dispensado es humano? —. Su tono era un par de octavas más agudo de lo habitual, cosa que me sorprendió de una manera particularmente divertida.

— Yo no trato con humanos — respondí al tiempo que le sacaba las agujas a aquel pobre infeliz —. Dan problemas: generan investigaciones, papeleos y, lo peor, testigos.

Rogers volvió la mirada del cadáver a mí y viceversa un par de veces, a medida que abría poco a poco los labios.

— No sé por qué los hacen tan condenadamente parecidos a nosotros — balbuceó a modo de excusa.

Le sonreí a su alma inocente con la nostalgia de quien ve en otro lo que ya no tiene. Me levanté del suelo y vacié los recipientes en la pila mientras el agua corriente se lo llevaba todo.

— Supongo que si los hubiésemos creado tú o yo, los Homúnculos tendrían otro aspecto — sugerí.

— Eso puedo asegurárselo — asintió sin dejar de mirar el cuerpo de lo que, a fin de cuentas, no era más que un engendro biomecánico que jamás había poseído un alma, ni lo que podía llamarse vida.

[CONTINUARÁ]

El “problema” del puente (2)

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Supongo que tenía que haberle dicho a Mrs. Watson que mi contacto era un poli; al menos, que lo era de nombre. Cuando vio aparecer el coche, con las luces y las sirenas apagadas, pero lo suficientemente evidente, casi pude ver como la sangre se le escurría del rostro. Los labios se le pusieron del color de un OCB y hubo algo, una especie de descarga de tensión, que la sacudió como un relámpago.

Imaginé que podía leerle la mente y que estaba pensando, literalmente, “si me meten en la cárcel por esto, voy a hacer que te maten; si logramos salir del embrollo sin que nos detengan, te mataré yo misma“. Juro que la sangre se me heló en las venas.

Por suerte, mi conocido fue muy elocuente al saludarnos.

— ¡Eh, cabronazo! — me espetó al reducir la velocidad y detener el coche junto a la acera en la que nos encontrábamos Mrs. Watson, el maldito fiambre y yo.

— Díaz… — musité mientras hurgaba el fondo del bolsillo de la gabardina en busca de algo que, sin duda, clamaría los nervios de mi socia.

— Nada de Díaz. ¿Cómo se saluda a un amigo?

Sonreí como de lado, sin ganas, mientras le estrechaba la mano con cien pavos en dos billetes entremedias. Vi, por el rabillo del ojo, como la crispación de Mrs. Watson se desinflaba como un animal hecho de globos. En su mente ya no leía aquello, sino un simple “te voy a pegar una bofetada por cada euro que había en ese apretón de manos“. Es extraño, pero me sentí aliviado. Supongo que prefiero cien bofetadas reales a la mera imagen de sus manos sacando algún extraño aparato del maletín de Mary Poppins ese que lleva para arrancarme el corazón. Es algo que podría pasar; no tengo ninguna duda.

Pero volviendo al muerto, y a mi contacto… bueno, al final no fe tan complicado como hubiese parecido de buen principio.

Díaz se limitó a dejarnos el coche abierto y a montar guardia en el extremo de la carretera que daba al pueblo, mientras Mrs. Watson y yo subíamos el cadáver al maletero.

— Mierda, no va a entrar — exclamó de repente, soltando a aquel payaso sin avisarme.

Boqueé como un pez fuera del agua. Me costaba asimilar que un taco tan burdo como aquél hubiese salido de sus labios.

— No me mires así — me espetó medio susurrando —. Está muy rígido. Si lo rompemos, no va a comprárnoslo nadie. Y yo no viajo dos horas y pico hasta un pintoresco entorno rural sólo por placer, Rogers.

Es curioso, pero oírle decir “pintoresco entorno rural” me puso los pelos como escarpias; mucho más que oírle decir “mierda“. De manera que tragué lo que no tenía en la garganta, asentí y abrí la puerta trasera del patrulla.

— No me jodas, chaval — rezongó Díaz cuando acabamos de colocarlo en los asientos de atrás y de ponerle una manta encima para disimular el bulto.

— ¿Cúanto cuesta el servicio de taxi con equipaje, señor Díaz? — le soltó Mrs. Watson con una sonrisa encantadoramente escalofriante, mientras sus dedos empezaban a desplegar billetes de un pequeño fajo.

Díaz comenzó a mover el peso de su orondo cuerpecillo de un pie al otro, inquieto, tentado, hipnotizado por las manos pequeñas de dedos cortos de mi socia.

— Trescientos — dijo al fin.

Mrs. Watson torció el gesto con expresión sardónica.

— No se pase, Díaz — le amenazó en un susurro cálido y perturbador —. Usted también tiene qué perder, si este asunto se tuerce. Le diré qué va a suceder — susurró, al tiempo que la sonrisa se ensanchaba en su cara y los billetes desaparecían dentro del maletín. Solamente cincuenta euros quedaron prendidos entre sus dedos índice y corazón; precisamente el órgano que sentí latirme en el cuello al ver dónde guardaba aquel billete. Díaz trago tan o más sonoramente que yo, y soy consciente de que nuestras miradas tardaron demasiado en subir a sus ojos desde sus encorsetados pechos —. Le daré esta propinilla cuando lleguemos y, si no se producen incidentes, le daré el doble. ¿Hay acuerdo?

Mrs. Watson no esperó a que él asintiera. Aseguró el maletín a su vehículo, se calzó el casco y la chupa, y arrancó la moto con sidecar sin esperar a que me montara. Deduje que quería que fuera con Díaz y nuestra mercancía.

— Pasad delante — ordenó —, yo os escoltaré.

Mi contacto y yo nos metimos en el patrulla sin decir nada y, del pueblo a la ciudad, transcurrieron las dos horas más silenciosas de mi vida. Cuando conseguimos deshacernos de Díaz, previo pago de los cien pavos que mi socia le había prometido, y colocar aquel payaso muerto a su comprador, respiré aliviado.

El alivio, sin embargo, no me duró lo suficiente como para disfrutarlo: tan pronto como la calle quedó despejada, Mrs. Watson me empujó violentamente, con una fuerza inusitada, contra la pared de una casa. Su mirada rabiosa casi me quema hasta que, de repente, se apartó de mí y sus ojos parecieron calmarse. Se estiró camisa, pantalones y corsé, y volvió a mirarme con aires de seguridad desafiante.

— Me he cobrado los cien euros que me debías — me espetó mientras volvía a pertrecharse para el viaje, tras tenderme el sobre con mi parte —. Los cien que has despilfarrado tú, cóbratelos de tu sobre.

De nuevo, sin esperar respuesta, arrancó la moto y se desvaneció al llegar al final de la calle. Yo me guardé el sobre en la gabardina, encogí los hombros y eché a andar hacia mi choza. Total, tampoco es como si me hubiese atrevido a protestarle…

[CAPÍTULO 3: PRÓXIMAMENTE ]

El “problema” del puente (1)

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Me molesta llamarles cadáver o cuerpo, o payaso, como les llama Rogers. En lo que refiere a las dos primeras denominaciones (y no es que haya nada que me guste más que llamar a las cosas por su nombre), encuentro cierto peligro en la diafanidad de los términos; en cuanto al último… digamos que no termino de compartir la visión satírica que parece tener Rogers de la vida o, en este caso, de la muerte.

Yo prefiero llamarlos problemas, término que, según la RAE, significa proposición o dificultad de solución dudosa. Es decir, la proposición de hombres vivos de que se les suministren hombres muertos, y la dificultad de otros hombres vivos, distintos a los primeros, de deshacerse de congéneres cuyo aliento vital se ha esfumado en el aire por sus manos (u otros instrumentos utilizados por éstas). La solución dudosa, no en eficiencia, sino en legalidad, somos Rogers y yo, lo que convierte a los fiambres en el antedicho problema.

El que teníamos ante nosotros en aquel instante en cuestión no iba a ser de los fáciles.

El proveedor, un hombre de pocos escrúpulos y todavía menos amigos, había dejado al pobre infeliz tirado sobre el suelo empedrado de un puente milenario, desangrándose como un cerdo el día de Matanza. Me agaché para calcular cuánto tardaría en brotar de su cuerpo el plasma que todavía contenía y esparcirse por doquier, pringándolo todo, consciente de que no nos daría tiempo a limpiarlo antes de que algún avispado lugareño, de los que creen a pies juntillas lo de que “a quien madruga, Dios le ayuda”, se fuese a dar una vuelta matutina y nos pillara in situ e in fraganti. Chasqué la lengua con enfado, y hubiera soltado un improperio en un volumen considerable, teniendo en cuenta la hora que era, si la prudencia no me guiase como Caronte al alma de aquel desdichado. Así que suspiré, me levanté de nuevo y miré a Rogers con el ceño fruncido.

Agachada junto al cuerpo, había estado lanzándole indirectas acerca de la necesidad de asociarnos, pero parecía que al tío había que decirle las cosas claras, chocolate aparte. Aun así y pese a mis circunvalaciones, fue él quien acabó de lanzar la directa. Le tendí la mano para sellar el contrato, me arremangué, dejé el casco sobre la acera y abrí el maletín a mi lado, junto al cadáver, con el fin de drenarle antes de que terminara de hacerlo él solito.

– Bien – murmuró Rogers al tiempo que se acuclillaba a mi lado y comenzaba a remangarle las ropas al muerto – Rogers & Mrs Watson, entonces.

Le miré divertida. ¡Qué atrevimiento el suyo! Pero no me molestó. Tocar, drenar, cargar, manosear, transportar y proporcionar muertos es lo que hago para ganarme la vida, y no resulta especialmente divertido, de manera que aprecio el hecho de que alguien me haga sonreír. Creo que Rogers no acabó de coger el sentido de mi sonrisa, pero el hecho es que no podíamos detenernos a socializar.

Inserté los tubos en su cuerpo a través de las gruesas agujas hipodérmicas y los conecté al aparato extractor para hacerle el drenaje venoso a nuestro amigo. Le di el contenedor a Rogers para que fuera al río y se deshiciera de la sangre corriente abajo, sin preocuparme de salubridades ni contaminaciones: a mi negocio, acuden pocos inspectores medioambientales; esto es, vivos, al menos. Luego le vacié el resto de líquidos y repetimos el proceso, para mayor disgusto de mi asociado.

Cuando el cuerpo estuvo listo, lo transportamos hasta el lugar donde había estacionado mi vehículo, cuidando de que nadie nos viera bajar del puente hasta la calle.

— ¿Cómo vamos a llevárnoslo en esto? — preguntó Rogers como si pretendiera verme hacer magia.

— Obviamente — respondí de manera tranquila y nada irritada — utilizaremos un transporte alternativo.

— Ah…

Miré a Rogers de cabo a rabo mientras me preguntaba si no me habría precipitado asociándome con un tipo como él.

— ¿Tienes algo en mente? — musitó mirando alrededor tras dejar al problema descansando sobre el asiento de mi preciado sidecar.

— Algo así — murmuré, demasiado orgullosa como para admitir que, aun teniendo los medios para conseguir un transporte para nuestra mercancía, no llegaría a tiempo hasta aquel pueblucho donde al diablo se le olvidó poner la última piedra.

— Si quieres… — vaciló sin mirarme — yo conozco a alguien que vive aquí y que tiene un coche…

Creo que, al consentir a que usara uno de sus contactos, el camino que unía las neuronas que sabían que aquello era un disparate al resto de mi cerebro y, sobre todo, a mi sentido común, se encontraba obstaculizado por la sorpresa. Cuando el coche de policía se detuvo a nuestro lado, alentado por el movimiento de manos de mi nuevo asociado y futura víctima, Rogers, la sorpresa se esfumó dejando en su lugar la viva imagen de las rejas de la cárcel y de una matrona grande y fea que me haría fregar los suelos con un cepillo de dientes hasta que me sangraran las manos.

[CONTINUARÁ ]

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El problema del puente, como a Mrs Watson le gusta llamarlos, fue un poco más complicado que mi asunto de la funda de guitarra. De hecho, tan pronto como lo vi, supe que iba a traernos más de un quebradero de cabeza.

Serían cerca de las doce y media de la noche cuando mi teléfono móvil de última generación empezó a sacudirme el bolsillo como un arenque agonizante. Así que pegué el último trago de la jarra, suspiré, y rebusqué por los bajos fondos de la gabardina para encontrarlo. Mi expresión al leer el mensaje que aparecía en la pantalla hizo volverse unas cuantas cabezas.

Tengo un trabajo y me faltan manos, decía; directa al grano. Pero no me apetecía trabajar. El último encargo no salió del todo bien aunque, a pesar del pico que ella se había llevado, me proporcionó el dinero suficiente para vivir holgadamente un par de meses. Además, aquella mujer tenía algo que me ponía los pelos de punta. A decir verdad, todavía lo tiene.

Aquella noche, sin embargo, no me apetecía nada cargar con el peso de otro muerto, de manera que me inventé una excusa y se la tecleé en un parco mensaje, la indirecta del cual debería haber pillado. Su respuesta me dejó paralizado:

Sal del bar, Rogers, y ven a echarme una mano. Si no hacemos este trabajo puedes olvidarte de comer el resto de tu vida.

Me levanté del banco como si me pincharan el culo con un alfiler, me cargué la bandolera al hombro y salí por la puerta sabiendo que, dondequiera que fuese, ella me iba encontrar. Lo que no podía imaginarme era que lo haría en una moto con sidecar, y que yo no iba a hacer de piloto. Tras un par de protestas, sin embargo, decidí que lo mejor era asumir que la opinión de Mrs Watson era como los viajes en el tiempo: posibles, pero solo en teoría.

Así que decidí callarme y subirme al sidecar para pasar las dos horas y veinte minutos más incómodas de mi existencia hasta aquel instante.

Tras un agotador periplo por un montón de retorcidas carreteras secundarias, llegamos a un pequeño pueblo de los Pirineos. Iba a preguntarle a Mrs Watson de qué iba todo aquel misterio, pero no me dio tiempo. Aparcó la moto a un lado de la carretera de entrada al pueblo, se quitó el casco y se lo colgó del brazo como la cesta de Caperucita, y se echó a andar con paso firme hacia un viejo puente de piedra al que llamaban El puente del diablo. Leerlo en el cartel que había al lado de la calzada lanzó un escalofrío a lo largo de todo mi espinazo. Y eso que se suponía que el diablo y yo éramos amigos…

Apreté el paso hasta alcanzar a Mrs Watson, que ya estaba en el centro picudo del arco del puente, con el cuerpo inerte de un joven desangrándose frente a sus botas negras de caña alta.

– Creo que voy a tener que tomarme una taza de humildad cuando nos hayamos encargado de éste pobre infeliz – pronunció sin mirarme, al tiempo que se agachaba hasta ponerse a la altura del cadáver.
No supe qué responder, así que intenté hacer memoria de aquellos versos que rezaban que “mejor habla, señor, quien mejor calla”.

– Hay demasiado trabajo – añadió tras una breve inspección del problema, que yacía sobre el suelo empedrado con los ojos abiertos como platos – Pero llega un día en que se acaba y la fidelidad de los clientes es lo único con lo que se puede contar…

– Entiendo – musité, estudiando su rostro para averiguar si mis elucubraciones conducían al mismo cul-de-sac que las suyas.

– Necesito manos y, si no voy errada, tu lista de contactos empieza y termina con el camarero que me hace de intermediario, así que…

– Hay que asociarse – terminé por ella, observando como se erguía de nuevo a mi lado y me tendía una mano enguantada.

– Efectivamente – asintió mientras se arremangaba, apoyaba su maletín de médico de nuevo en el suelo empedrado y lo abría para empezar a materializar de su interior todo tipo de cachibaches para drenar la sangre de aquel pobre desgraciado.

– Bien – mascullé al tiempo que me acuclillaba a su lado y comenzaba a remangarle las ropas al muerto – Rogers & Mrs Watson, entonces – aventuré, aunque me di cuenta de mi terrible error tan pronto como lo hube pronunciado.

Ella me miró, y una misteriosa y espeluznante sonrisa se dibujó en sus labios granates. Aún hoy no sé qué pudo significar, pero el caso es que, en aquella ocasión al menos, no quiso corregirme.

[CAPÍTULO 2: PRÓXIMAMENTE]

Servicios útiles (1)

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Han pasado poco más de tres años desde el problema de la funda de guitarra y, desde entonces, ha habido muchos más que resolver. Lo que empezó como una colaboración espontánea, puntual, ha acabado convirtiéndose en una sociedad, por mucho que nuestra empresa no se anuncie en las páginas amarillas. La simbiosis, sin embargo, surgió de la manera más natural.

Rogers era un tío trabajador, capaz, quizá demasiado curioso en un negocio donde la discreción no tiene por qué traducirse en ignorancia, aunque sí tomar su apariencia. Hacía su trabajo rápido, y lo hacía bien, pero sus clientes eran unos mamones. De ahí, precisamente, fue de donde surgió el problema del maletín: ellos se negaban a pagar el precio acordado y, mientras el cuerpo perdía frescor, él se dedicaba a pasearlo como si fuera su instrumento favorito; demasiado cauto como para separarse de él, demasiado terco como para tirar la toalla.

El único contacto útil que le acabó sirviendo de algo fue el mío. Yo, pese a tener cuatro amigos contados en la red social, tenía todo un complejo de telarañas conectadas a cada cliente potencial de mi humilde y azaroso negocio. Lo que a mí me faltaba, en realidad, eran manos.

Me costó un par de tarjetas de visita, depositadas en los buzones oportunos, conseguir un comprador adecuado para el cuerpo del maletín. El precio no sería el que Rogers había pactado con sus anteriores clientes, ni mucho menos, aunque lo mismo podía decirse del estado del cuerpo. Aun así, no se quejó cuando deduje mi porcentaje del pago; tampoco tuvo ningún miramiento al sugerirme que le ayudara a transportar la voluminosa caja que contenía nuestra valiosa mercancía.

Bajamos a pie toda la calle hasta la Avenida Diagonal con el maldito maletín a cuestas. Cantaba demasiado como para meterlo en un taxi y, aunque el conductor no se hubiese atrevido a hacer preguntas, nunca me gustó la idea de que pudiesen correr rumores acerca de lo que hago o del aspecto que tengo. Ir en metro tampoco era una opción: puede que los taxistas no hagan preguntas, pero los perros de los guardias de seguridad no dudan un instante en apuntar a un muerto con el hocico.

Así que seguimos calle abajo, acarreando entre los dos aquel féretro disfrazado de funda musical y, al final de la Avenida, todavía seguimos andando un poco más.

El bar en el que nos detuvimos olía tan mal que nuestra disimulada mercancía pasaba del todo desapercibida. El ambiente dibujaba neblinas húmedas que se mezclaban con el humo del tabaco y los molestos vapores de la freidora. El tufo que emergía reptando desde la puerta desvencijada de los lavabos unisex no era más que la guinda del rancio pastel.

Por suerte, el intercambio fue rápido y la cerveza, aceptable. Salimos del local con una funda nueva, limpia y desocupada mientras, dentro, se quedaba con su nuevo dueño el porle infeliz cuyo cuerpo había recorrido la ciudad probablemente mucho más de lo que lo hiciera en toda su vida, cuando la tenía.

Rogers y yo nos dimos la mano en señal de despedida, mientras deslizaba dentro del bolsillo izquierdo de su gabardina negra el sobre con su parte del dinero. Puede que los logaritmos no hayan sido nunca mi fuerte, pero puedo asegurar que soy capaz de contar con una mano en el bolso mi porcentaje de un cobro; Rogers puede dar fe de ello.

Tras un breve asentimiento, nos volvimos cada uno por su lado y echamos a andar, confiando no volver a trabajar juntos. Yo necesitaba más manos; él, mejores contactos, pero ninguno de los dos quería tener un socio: trabajar solo siempre ha sido más fácil, y más enriquecedor.

Al término de aquella misma semana, no obstante, volvíamos a estar juntos, de pie sobre el puente empedrado de un pequeño pueblo de montaña, oyendo el reloj del campanario marcar a tañidos las tres de la madrugada. Ante nuestras botas negras de caña alta yacía un nuevo problema del que debíamos hacernos cargo.

[CONTINUARÁ]

Mrs Watson

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El calor de la noche le molesta tanto como el peso de la inútil gabardina que descansa en su antebrazo. Lee la nota rápidamente y le deja al camarero la acostumbrada propina por haber hecho de intermediario. No conoce al tío que se la ha escrito, pero eso no importa: hay un problema del que hacerse cargo, y él lo va paseando por ahí en la funda de una guitarra eléctrica.

Comprueba la hora en su reloj de bolsillo y, tras hacer notar al dueño del establecimiento los molestos tres minutos y medio de retraso de su dispositivo, abandona silenciosamente el local. Algunas miradas intrigadas siguen su estela mientras se desliza entre la gente; si decidiera volverse, sin embargo, ninguno de los presentes se la sostendría más de diez segundos. Ni su mirada ni su figura ni su actitud les imponen respeto: una mujer sola, en un barrio poco seguro, en mitad de la noche, cargada con dos enormes tomos de psicología criminal siempre causa incomodidades.

Las incomodidades son el menor de sus asuntos. El mayor, en estos tiempos de crisis, sigue siendo, como dijo Calderón, recoger las hierbas que otros van arrojando; aunque, en este caso, es consciente de que no es ni miserable ni infelice, y de que lo que los demás arrojan y ella se encarga de recoger no son hierbas, sino cadáveres.

Rogers

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Un hombre entra en un bar. Lleva el pelo largo, de puntas curvadas en bucles perfectos, recogido en una coleta, y en la mano trae un enorme maletín de guitarra eléctrica. Se sienta en un taburete cerca de la barra, echándose atrás la parte inferior de la gabardina negra, y pide una jarra de cerveza. Apoya el maletín a las patas metálicas del taburete, se quita las gafas y las limpia cuidadosamente con el faldón de la camiseta, negra.

No hay nadie más en el establecimiento: sólo él, el camarero, y el maletín.

Cuando el reloj de la pared marca las once menos diez, comprueba la hora en su teléfono móvil y chasca la lengua. Desliza un pie, enfundado en una bota negra de caña alta, desde la barra del taburete al suelo y pega un largo trago a la mediocre cerveza. Luego saca una servilleta de un abollado cacharro metálico, cuya mera existencia le irrita y, con un bolígrafo prestado, garabatea unas frases. Luego lo dobla sobre sí mismo y escribe un nombre en la parte exterior: Mrs Watson.

En cuanto se lo da al camarero para que lo entregue a su destinataria, observa como el color desaparece de su rostro, de modo que le deja una buena propina y se va antes de que el local empiece a llenarse.